Día 167: Riesgos
Jugar con los niños a veces implica riesgos. Por ejemplo, cuando jugamos a lanzarnos una pelota, puedo impactar en su cara. Bueno, puede no. Es que va a pasar. Por estadística. A uno de los niños en concreto, le encanta jugar con una pelota. Entonces, se la lanzamos día tras día bastantes veces. Así que tarde o temprano tienes que fallar y que el balón se dirija al sitio incorrecto. Eso me ha pasado a mí el miércoles. El niño estaba girando en una especie de capullo que cuelga del techo. Yo le tiraba la pelota intentando colarla por una pequeña rendija. Y acabé dándole en la cara sin querer. Los siguientes segundos fueron lo peor. Hizo fuerza para no llorar pero se le rayaron los ojos y se le escapó alguna lagrimilla. Le pedía perdón, atsiprasau, una y otra vez como si el resto de mi existencia dependiese de esa palabra. Le acariciaba la cara, le miraba con desesperación, y aunque veía que las consecuencias no habían sido nada graves, me invadía un sentimiento de culpa bestial. Me sentía mal, muy mal, cual homicida imprudente. Y lo único que quería era desaparecer. Pero no podía. Tenía que seguir ahí, con él, reunir tantas fuerzas como las que reunió él para no llorar, y proponerle alguna actividad para seguir adelante, para pasar página. Y lo conseguí gracias a unos aros, un palo y un cono. Con su primera sonrisa comprendí mejor que nunca el significado de la palabra alivio.



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