Día 166: Padre

Si tengo que quedarme con un momento del martes, es la última hora en el centro de día. Estuve con uno de los niños a solar en la sala de música. 60 minutos. Los dos sentados frente a frente. Yo masajeándole los pies mientras el desgranaba las diferentes capas de un cartón con forma de cono. Algo que me desconcierta de estos niños es precisamente que tengan tanta energía y, sin embargo, con la actividad adecuada alcancen unos niveles de concentración prolongado, como pocos niños pueden alcanzar en este mundo que les ofrece tantas distracciones.

Para mí, esa hora fue de observación pura y dura. Analizaba al detalle los gestos y las muecas de su cara que cambian de firma inconsciente, provocado por los impulsos involuntarios de su discapacidad. En estas situaciones en las que estoy a solas con ellos, y puedo pararme a mirarlos, me siento más padre que nunca. Y, sin embargo, la responsabilidad que implica ese sentimiento me genera rechazar esa opción. Mucha gente me ha dicho que yo sería un gran padre, sobre todo por mi conexión con los niños. Sin embargo, esa conexión con los niños es lo que más me aleja de ser padre. La exigencia es demasiada porque no quiero ser un padre cualquiera, ni darle a mi hijo o hija un futuro cualquiera. No contemplaría otra cosa que no fuese el máximo esfuerzo, día tras día, minuto tras minuto, segundo tras segundo, para otorgarle la mejor de las vidas. Creo que nunca tendré la madurez ni la valentía necesaria para aceptar ni la responsabilidad, ni la exigencia, ni el esfuerzo que conlleva la paternidad.



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