Si tengo que quedarme con un momento del martes, es la
última hora en el centro de día. Estuve con uno de los niños a solar en
la sala de música. 60 minutos. Los dos sentados frente a frente. Yo
masajeándole los pies mientras el desgranaba las diferentes capas de un
cartón con forma de cono. Algo que me desconcierta de estos niños es
precisamente que tengan tanta energía y, sin embargo, con la actividad
adecuada alcancen unos niveles de concentración prolongado, como pocos
niños pueden alcanzar en este mundo que les ofrece tantas
distracciones.
Para mí,
esa hora fue de observación pura y dura. Analizaba al detalle los gestos
y las muecas de su cara que cambian de firma inconsciente, provocado
por los impulsos involuntarios de su discapacidad. En estas situaciones
en las que estoy a solas con ellos, y puedo pararme a mirarlos, me
siento más padre que nunca. Y, sin embargo, la responsabilidad que
implica ese sentimiento me genera rechazar esa opción. Mucha gente me ha
dicho que yo sería un gran padre, sobre todo por mi conexión con los
niños. Sin embargo, esa conexión con los niños es lo que más me aleja de
ser padre. La exigencia es demasiada porque no quiero ser un padre
cualquiera, ni darle a mi hijo o hija un futuro cualquiera. No
contemplaría otra cosa que no fuese el máximo esfuerzo, día tras día,
minuto tras minuto, segundo tras segundo, para otorgarle la mejor de las
vidas. Creo que nunca tendré la madurez ni la valentía necesaria para
aceptar ni la responsabilidad, ni la exigencia, ni el esfuerzo que
conlleva la paternidad.

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